viernes, 15 de abril de 2016

La triste historia del Guardia que resultó ser una mujer

Sin que se trate de hechos que se registren de forma habitual en nuestra historia si resulta relativamente frecuente el toparnos, si repasamos viejos libros, con mujeres que, ante las prohibiciones de ejercitar determinadas funciones reservadas exclusivamente para los hombres, optaron, en un gesto de arrojo y valentía, por trocar su aspecto externo y vestimenta y dejando de lado las tradicionales indumentarias y formas femeninas, convertirse en un hombre más ocupando, especialmente en la milicia, los puestos de mayor riesgo y fatiga.

En nuestra historia patria hay algunos ejemplos más que elocuentes; uno de ellos, tal vez el más conocido sea el de Dña. Catalina de Erauso, conocida por el apelativo de “la Monja Alférez” quien, oculta bajo ropajes o uniformes masculinos, sirvió con valentía en los Reales Ejércitos, allá por el siglo XVII, bajo el pseudónimo de Antonio.

Nacida en San Sebastián, en 1592 como reza su fe de bautismo, aunque según su propia autobiografía había nacido en 1585, comenzó sirviendo como grumete, ocultando sus rasgos femeninos, embarcándose en un galeón rumbo a América donde realizó la mayor parte de sus hazañas, incluso la de batirse con valentía y arrojo en la batalla de Valdivia contra los indios araucanos lo que le valió el ascenso al empleo de Alférez.

Catalina de Erauso, la "Monja Alférez" (Fundación Exponav)

De su osadía y audacia habla por sí solo el hecho de que en Chile estuvo alojada durante casi tres años en casa de su hermano, el Capitán D. Miguel de Erauso, sin que este lograra descubrirla.

Otro ejemplo es el de Dña. Ana Mª de Soto una inquieta joven nacida en Aguilar (Córdoba) quien, vistiendo ropas masculinas, sentó plaza en el Real Cuerpo de Infantería de Marina, el más antiguo del mundo (1537), en el año de gracia de 1793, bajo el nombre de Antonio Soto.

Antonio Soto, enrolado en el Departamento de Cádiz, combatió, incansablemente por tierra y por mar, hasta que finalmente, tras haber tenido conocimiento el mando de que realmente se trataba de una mujer fue ascendida al empleo de Sargento como reconocimiento a su bizarra valentía. 

Pero si estos casos nos resultan, cuando menos, sorprendentes por lo que pueden tener de novelescos, no menos curioso debe parecernos el que tuvo como protagonista a un miembro del Cuerpo de Orden Público, antecedente de nuestro actual Cuerpo Nacional de Policía, y que se descubrió a principios del pasado siglo XX.  

Fue este un extraño caso que acaparó la atención de la prensa a principios de noviembre de 1906. Su escenario, Sevilla, una ciudad de 148.315 habitantes de hecho y 147.271, según el último censo elaborado en 1900, de los cuales, si consideramos los presentes únicamente, 67.982 eran hombres y 77.371 mujeres.

Si tenemos en cuenta el Decreto de 7 de julio de 1870 que organizaba y dimensionaba el despliegue del Cuerpo de Orden Público en las diferentes ciudades españolas, tenemos que a Sevilla se le asignaba una plantilla integrada por 1 Jefe de 3ª; 2 Inspectores de 2ª; 8 Agentes de 1ª y 107 Agentes de 3ª. 

En aquel ambiente una noticia insólita saltó a la prensa y pronto corrió, como reguero de pólvora, no solo por la capital hispalense, sino por toda España: se había descubierto que un Guardia de Orden Público, Cuerpo policial reservado exclusivamente para los hombres, era en realidad una mujer.

El Guardia, de nombre Fernando González, aunque su apellido original era Marquewson, al parecer de origen francés, contaba ya con setenta años de edad y con una antigüedad de treinta años en el Cuerpo, estando sus servicios relegados a funciones de apoyo; es curioso comprobar que las funciones en que se empeñaba el protagonista de la historia estaban expresamente prohibidas en los sucesivos Reglamentos que impedían distraer efectivos del Cuerpo en otras misiones que no fuesen las asignadas al Instituto.

Pese a todo, este Guardia, conocido popularmente en Sevilla con el sobrenombre de “Fernandito”, se ocupó, durante la mayor parte de sus treinta años de servicio, en atender la cocina de la totalidad de los Gobernadores Civiles que pasaron por la Capital andaluza a los que tuvo oportunidad de mostrarles sus excelentes artes culinarias, especialmente en los suculentos guisos que les preparaba, lo que, pese a causar cierta extrañeza, le granjeó la admiración y respeto de estas Autoridades, motivo por el cual prolongó la prestación de servicios más allá de la edad reglamentaria, establecida en 65 años (R.D. 06/10/1906).
Calle de los Reyes Católicos de Sevilla en 1907 (El retrovisor)

“Fernandito” llevaba una vida tan normal como la de cualquier otro compañero de empleo del Cuerpo de Orden Público. Viudo de una mujer con la que convivió como matrimonio durante veintitrés años, había aportado un hijo a la familia fruto de una relación anterior. Nada hacía sospechar que bajo su masculina apariencia se ocultase realmente una mujer, incluso llamó la atención los cuidados y mimos que dispensó a su esposa cuando esta apareció embarazada de un vástago del que todos suponían que “Fernandito” era su padre.

Las circunstancias adversas, que al final provocaron este insólito descubrimiento, se precipitaron a partir del 29 de octubre de 1906. Ese día, el citado “Fernandito” sufrió unas lesiones de forma accidental que le obligaron a ser trasladado a un centro médico para ser atendido.

Una vez en el hospital se negó de forma tenaz y manifiesta a permitir que fuese reconocido por el facultativo lo que, pese a provocar extrañeza, consiguió evitando así, en primera instancia, que se descubriese el engaño que le había acompañado a lo largo de sus treinta años de profesión.

Al parecer, aunque se ignora la procedencia de la información, el Gobernador Civil de la provincia recibió, el 1 de noviembre siguiente, un escrito a modo de anónimo en el que le daban cuenta de que el Guardia Fernando González realmente era una mujer. Alertado por tal información ordenó que se verificasen estos extremos, motivo por el cual obligó al agente a ser reconocido por un facultativo del Cuerpo quien procedió a examinarlo contra su voluntad, descubriendo que realmente se trataba de una mujer con claros síntomas de haber dado a luz.  

El Gobernador Civil, estupefacto por el descubrimiento, ordenó la inmediata apertura de un expediente y, dado lo avanzado de su edad, determinó como toda sanción la separación del servicio del Guardia.

La situación económica de este extraño personaje se convirtió en crítica al ser separado del servicio como consecuencia del singular descubrimiento. Pese a todo, dada la popularidad de la que gozaba este personaje en Sevilla, fueron muchas las voces que se alzaron para proclamar que auxiliarían a “Fernandito” en la precaria situación económica en la que se vio sumido al dejar de percibir con regularidad los emolumentos del Cuerpo tras haber sido separado del servicio, sin embargo todo quedó en buenas palabras y poco más.
Entierro del Guardia de Seguridad Manuel Clarós Domínguez, muerto en acto de servicio en Madrid el 21 de abril de 1906

Esta historia presenta dos caras bien distintas, de una parte la jocosa y grotesca al descubrirse el engaño que provocó que algunos articulistas contemporáneos aludieran - como hicieron con otro caso coetáneo, el de un tal “Ernesto” que se hacía llamar “Esperanza García” y que vivía también como mujer, siendo descubierto en el Asilo de Santa Cristina de Madrid - a que ambos hechos bien merecían convertirse en trama o argumento para una zarzuela o una comedia tan del gusto de la época; pero de otra, nos deja una sensación de amargura y tristeza al comprobar que, tras el insólito descubrimiento, el personaje de la historia quedó sumido en una situación de crítica pobreza, abandonado a su suerte, perseguido incluso por los mozalbetes que lo apedreaban al verlo cruzar las calles que finalmente dejó de frecuentar.

Cuentan que “Fernandito” pasó sus últimos días escondido en un miserable desván del que apenas salía, sin apenas tener nada que llevarse a la boca y no teniendo ni siquiera recursos para abonar los meses de alquiler de su habitación.

Esta situación lo llevó a deshacerse de la única joya que poseía, una imagen de pasta de San Cristóbal que según sus propias manifestaciones le había acompañado a lo largo de su vida y que se vio en la necesidad de empeñar para poder comer.

Durante los últimos días de vida, “Fernandito”, que jamás se recuperó del todo las lesiones sufridas el 29 de octubre, barruntaba la posibilidad de vender los pocos muebles que poseía y abandonar Sevilla, una ciudad que amaba y a la que le había prestado buenos e innumerables servicios y que jamás supo recompensárselos. 

Alguno de los periódicos de la época hablan que en sus últimos meses de vida, “Fernandito”, consintió en vestirse con ropa femenina con la que fue visto por las calles de Sevilla.

Finalmente, el 3 de diciembre de 1907, a los setenta y un años de edad, fallecía en un hospital sevillano como consecuencia de las heridas sufridas aquel fatídico 29 de octubre del año anterior.

No hemos podido establecer las circunstancias que rodearon el ingreso del “Guardia mujer” en el Cuerpo, ni tampoco dato alguno relativo a su vida profesional salvo lo ya expuesto. Tampoco hemos podido determinar su nombre real, excepción hecha de su apellido, ni otras circunstancias de su vida personal y afectiva. Parece como si una nebulosa de misterio ocultase a nuestro personaje.

Quede aquí consignada la pequeña historia de una mujer que, desafiando los cánones sociales de la época, decidió vestir el uniforme de Policía en un momento histórico en que ni el sueldo, ni las demás prestaciones constituían, por sí mismas, un atractivo suficiente como para, olvidando el posible componente vocacional, abandonarlo todo e ingresar en aquel Cuerpo de Orden Público de finales del siglo XIX.

Bibliografía:

Prensa de la época
Colección histórica del BOE
Instituto Nacional de Estadística
 
José Eugenio Fernández Barallobre
(artículo publicado en la Revista "Policía")
 
 
 

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